obediencia

No hay una sola cosa en mi vida, de esas que la sociedad llama “determinantes”, que yo pueda atribuirme como acto consciente, o responsable. La gente dice que hay dos elecciones que marcan la vida de una persona: la carrera profesional y el matrimonio. Y por más que hago el esfuerzo de recordar el momento en que decidí lo uno y lo otro, no me queda más remedio que aceptar que en ambos momentos me envolvía una especie de ebriedad: en el primero, una inmadurez que me hizo carente de comprender lo que hacía; el segundo, el enamoramiento: entorpecedor de decisiones racionales, y nuevamente pócima que me hizo carente de comprender, una vez más, lo que hacía.

Ahora, lo que sí cuento con orgullo, es que, después de haber tomado esas decisiones que la sociedad llama “determinantes”, las asumí con la seriedad del caso, y terminé convencida de haber elegido correctamente. Si bien mientras decidí, creyendo que trazaba planes y proyectaba mi futuro en varias etapas, realmente lo hice torpe, muy torpemente; no conocía un camino cercano, seguro, confiable para que pudiera planificar algo al respecto. Y después, poco a poco, mientras se fueron desenvolviendo ambas decisiones y ocuparon muchos años de mi vida, supe, como despertando ante los estruendos, caminar; a los ojos de los demás erguida, pero a los míos, hoy más burlones que de costumbre, “como araña recién fumigada”.

Hoy, sin presumir absolutamente nada, me encuentro con que llevo varios meses, tal vez un par de años, sintiendo casi todos los días de mi vida felicidades. Y es que nos han convencido –y yo se que no es así- que la felicidad se siente siempre y late, y desborda cada ser que la alcanza. Prefiero entonces decir que, si bien no pertenezco al minúsculo grupo de personas mega felices all-day, sí hago parte del que siente “diarias y simultáneas felicidades”; para aclarar cualquier cosa: yo, la hija de mis elecciones – el disparate o azar que ellas constituyen- logré sobre ponerme a las posibilidades que me jugaron en contra, a haberme burlado de la sociedad, y haber tomado mis decisiones ebria (por las razones que arriba dije, no por alcohol). O que, en todo caso, cualquier humano puede decidir alcanzar algo que nos ha sido dibujado como resultado de buenas decisiones, de buen vivir, de bien pensar.

Entonces no pertenezco a ese grupo de privilegiados, que se trazan un camino con meta y después de merodear solo un poco, la alcanzan con júbilo profundo y unas ganas inconfundibles de compartirlo con el mundo entero, exagerando los desvíos, describiendo como “frustrante” todo lo que no iba en la dirección. En esta etapa de mi vida (reitero que puedo estar bastante cruda) reconozco que ha sido un acto –el tercero- inconsciente e irresponsable, haberme descubierto siendo feliz a pesar de todo. Y digo “a pesar”, no porque haya tenido desastres inminentes, hechos atropelladores, desvíos de esos que hablan los realmente felices. Y esa inconsciencia, esa irresponsabilidad, ese “a pesar” lleva consigo el acto más tremendamente desobediente que yo hubiera cometido jamás. Me fui en contra, ya lo dije que no fue por virtud, de las reglas sociales.

No tuve un retiro espiritual –estaba muy chiquita-, no tuve una depresión –no hubiera tenido para las medicinas-, no hice el viajero –no clasificaría del todo-; no tuve tiempo de darme cuenta que estaba creciendo y que tenía que ser responsable, y obedecer. La vida me pasó tan rápido (hasta ahora me doy cuenta) que no tuve tiempo de ser obediente. Y lo agradezco.

Ahora, si hubiera ido a uno que otro retiro, y también hubiera estado medicada; si tuviera un número latente en el que alguien decidiera clasificarme y yo cargar con ello, pues también, en ese punto, podría decidir ser desobediente. Así que, no es una invitación, o mejor, hagamos de esta carta la mejor invitación, a ser desobedientes. A tratar de amenizar los problemas, las personas, los hechos que nos señalan negativamente, con jugadas ágiles y precisas: que no falte el humor, compartir las desgracias, los buenos amigos que lloran y no solucionan nada; que no falte esa embriaguez, de inmadurez o de amor, para disculparnos de no seguir con lo que nos pide la sociedad, y nos reprocha al no seguirlo. Que podamos levantar la cabeza, una y otra vez, y hacernos responsables de todas las torpezas cometidas, porque al final salieron siendo justamente lo que necesitábamos para ser felices -de los del todo, de los de poquito, o mejor, de los sinceramente felices-.

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-Abogada de la UPB, Medellín, Colombia 2013 -Curso introductorio a la Psicología y Psicología de la Memoria, Salamanca, España, 2011 -Diplomado en Trastornos del Comportamiento en la infancia y adolescencia, Universidad CES, Medellín, Colombia 2014 -Taller en Disciplina Positiva para Padres, Medellín, Colombia, 2015 -Taller en Disciplina Positiva para Parejas con Jane Nelsen, Lima Perú, 2016 -Certificación en Disciplina Positiva para Padres, Medellín, Colombia 2017

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