Lactancia

 

HISTORIAS SIN CONTAR

Si bien he abandonado muchos temas en los que ya no me veo inmersa -la lactancia ya no hace parte de mis días-, hace poco me preguntaron algo sobre el tema, y descubrí que hay una historia que no merece morir en la laguna mohosa de mi memoria.

Recordando lo que viví en torno a esto, me acordé que, cada que hablaba de lactancia, siempre tenía que decir, a modo de explicación extendida, que no fui esa mamá con la teta al aire PORQUE Mariana fue prematura. Aprendí a extraerme muchos días antes de que su cerebro estuviera listo para succionar y, entonces, cuando lo logró, mi producción excedía brutalmente sus necesidades, chorreando todo lo que estuviera cerca, y ahogando constantemente la bebé. Esto me llevo, sin otra opción, -DECÍA ANTES- a serle fiel al extractor y no a la teta directa. Después con Elisa, intenté el amoroso y sereno acto de amamantar; ella succionaba perfecto y al ritmo de la teoría, y no me sentí del todo cómoda, aquí va mi confesión: NO ME GUSTÓ (esto nunca lo dije antes). Eran pocos los instantes en que lograba sentir la “conexión”, luego del dolor, el estrés de chorrear todo, el público… No quise seguirla pegando, fue una decisión sin excusas ni disculpas, aunque en mi versión anterior dijera algunas verdades como que “ya le había cogido el tiro al extractor y entonces me parecía mejor”, o que “igual Elisa se mojaba por el exceso de leche”. La primera verdad es que NO ME SENTÍA CÓMODA. El tiempo regala libertad y permite tomarle distancia a las cosas; hoy me siento bien escribiendo esto, y admitiéndolo.

Un día, después de una toma, Elisa se durmió y empezó a respirar raro. Mi marido y yo la notamos morada y la sacudimos hasta que vomitó una costra de mis pezones. ¡Gas! (Se que me van a acribillar por esto, que es natural, que cómo puedo sentir asco) sí, sentí puro asco, y me dio rabia saber que un pedazo de piel mía, hubiera podido matar la bebé. Sufrí en los días previos, porque me molestó sacar una teta delante de mi suegro, y de mi papá -por más natural que sea, otra vez-, y también delante de los amigos de mi marido; no logré sentir la dicha que algunos presumen, e inlcuso hoy me toca parar el almuerzo cada que hago contacto visual con un pezón negro a plena luz del día.

Amé el extractor. Amé ver el amor evidente que hubo en el nuevo papá cada que atornillaba un tetero de leche mía, o se fijaba con cuidado en la antigüedad de las bolsas congeladas con mi leche. Amé la conexión que pudo tener mi mamá, mi suegra, y todo el que visitaba nuestra casa los primeros días, con las recién nacidas que, desde entonces, iluminaron cada rincón de nuestra existencia. Y me comprometí con ese invento tecnológico a tal punto, que pude dar asesorías al respecto, gracias al conocimiento adquirido en los cursos de las incubadoras en EEUU. El extractor fue lo mío, y logré lactancia materna exclusiva con Mariana hasta sus ocho meses, con Elisa hasta los tres, y con Felipe, hasta los cinco.

Realmente la historia que no merece morir es la de Felipe -el resto de cosas que les conté hasta aquí me fueron saliendo como burbujas que no pude contener, ustedes me perdonan por mi afán de reivindicar a toda hora, las posibles y reales sensaciones de la vida de mamá-.

La historia:

Cuando alimentaba a Elisa, nos dimos cuenta que tenía una brutal intolerancia a la lactosa. Para no abandonar la lactancia, me mandaron una dieta especial en la que ni lácteos ni derivados estaban invitados. Para poder darle mi leche, tenía que estar limpia de ellos, y la verdad es que no era fácil para mí lograrlo (nunca he hecho dietas de ninguna clase, con éxito). Empecé a marcar las bolsitas de leche según las horas que pasaba cumpliendo la dieta, o sin cumplirla, y acumulé un congelador completo de leche inservible para mi bebé. Puse un post en Instagram diciendo “regalo mi banco de leche”, y en menos de cinco minutos, una amiga me llamó. Ella no pudo alimentar, por una condición médica, y le dije que claro, mi banco era de ella, todito. Y entonces, por varios meses, presencié algo que me pone los pelos de punta cada que lo pienso: Viernes, tres de la tarde. Sonaba el timbre de mi casa. Llegaba el papá, nevera de icopor, hielo seco. Devolvía las bolsitas bien lavadas, y con la mayor delicadeza, desocupaba mi congelador en su nevera, despacio, siempre hablando del mismo tema, “no tenemos cómo pagarte este favor, en verdad para mi esposa es difícil no ser ella la que alimente al bebé, pero aquí te trajimos estos mojicones en agradecimiento” (mojicón: alimento con leche) y yo, con una risita interna (más mojicón menos leche para Elisa más leche para Felipe), recibía la cajita cada semana, enternecida de ver un ejecutivo voltearse la corbata para acomodar las bolsas en cuclillas, y arrastrando la nevera de icopor.

En estos días que hablé del tema, no había hilado que también fui testigo -y no solo encarné, forzosamente- esa ternura, de la que hablan en la lactancia. Yo fui testigo y no sólo actriz principal de ella. Yo vi cómo mi esposo, día a día, puso las gotas de leche en las jeringas que alimentaron a Mariana por veinte días, y le permitieron abrir los ojos y moverse y ganarle a la muerte; y a Elisa mientras yo descansaba de la cesárea; y también vi cómo el marido de mi amiga cargó esa nevera por más de cuatro meses, yendo y viniendo, y desocupó la mía, de corbata, en cuclillas.

 

 

Pd: Tengo UNA foto feliz amamantando, que la tomé el día en que Mariana aprendió a succionar, y eso, más que la lactancia misma, significaba progreso cerebral. Quisiera yo, cada que alguien habla de su experiencia como mamá: “progreso cerebral”, para entender que cada una tiene unos retos, unas elecciones, unas libertades que hacen única su historia, no por eso más, o menos valiosa. Yo tuve la fortuna de contar una historia de lactancia, cuyos protagonistas fueron dos hombres.

 

 

 

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-Abogada de la UPB, Medellín, Colombia 2013 -Curso introductorio a la Psicología y Psicología de la Memoria, Salamanca, España, 2011 -Diplomado en Trastornos del Comportamiento en la infancia y adolescencia, Universidad CES, Medellín, Colombia 2014 -Taller en Disciplina Positiva para Padres, Medellín, Colombia, 2015 -Taller en Disciplina Positiva para Parejas con Jane Nelsen, Lima Perú, 2016 -Certificación en Disciplina Positiva para Padres, Medellín, Colombia 2017

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